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La Consulta Psico-Analítica es un espacio privado para el trabajo clínico con niños, adolescentes y adultos. Apostamos por sostener un trabajo clínico en Puerto Rico que brinde a sus participantes la posibilidad de un acercamiento a la escucha del inconsciente. Este proyecto surge con entusiasmo en el año 2010 por la iniciativa de la doctoras Souchet, Arosemena y Díaz. Posteriormente se integran al proyecto el Dr. Díaz y las doctoras Ávila y Pérez. Nuestro equipo de trabajo posee una sólida formación en clínica analítica, psicoterapia con adultos, adolescentes y jóvenes, psicoterapia con niños a través del juego y evaluación.

La Consulta Psico-Analítica puede brindarle el espacio para un trabajo en:

  • Psicoterapia y psicoanálisis: Método clínico que posibilita el surgimiento de una relación transferencial entre el psicólogo clínico y la persona que solicita los servicios. Esto provee un espacio de confianza para trabajar con la angustia, el dolor y el malestar de cada cual mediante una escucha atenta y profunda.
  • Psicoterapia a través del juego: A través del juego se brinda al niño un espacio de confianza para elaborar sus conflictos y trabajar con sus circunstancias afectivas.
  • Evaluaciones psicológicas: Diversas estrategias psicométricas permiten analizar áreas como la inteligencia, destrezas escolares, desarrollo perceptual-visual-motor y aspectos emocionales. Un análisis responsable conlleva considerar las particularidades de cada cual en su historia de vida y su desempeño como parte de un contexto familiar, social y cultural.

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¿Niño imaginado, igual al niño real?

Pocas son las veces que la pregunta de este artículo se hace explícita. Sin embargo, para los que asumen la escucha del sufrimiento resulta reveladora de una verdad. De manera más explícita: ¿Cuál es la diferencia que resulta de la ecuación entre el niño que cada padre y cada madre imagina y el niño real con el que se enfrentan día a día? En términos clínicos dar cuenta del desfase que ocurre cuando un niño hace síntoma, cuando las cosas no marchan, y sobre todo, cuando no se sabe bien por qué es un ejercicio fundamental.

La práctica de la clínica psicológica propone un espacio privilegiado a donde muchos padres acuden cuando no saben qué hacer frente a algo que en sus hijos no anda como se esperaría. Tomando en consideración esto, es importante señalar que el clínico que recibe la queja y la demanda de ayuda debe poder preguntarse si lo que los padres piden se trata de un pedido de restitución de aquello que imaginan debe hacer o ser, su hijo. Este pedido subyace muchas veces a la búsqueda de ese espacio de “ayuda”. Sin embargo, ¿para qué o para quién es la ayuda? ¿Será posible poder reparar lo que los padres imaginan querer de sus hijos?

Asumir con un “sí” ante dicho pedido de restitución responde a la falacia del niño ideal. ¿Se toma en cuenta cómo un ideal es algo a lo que se aspira y que presume una expectativa normativa de lo que se supone “ser” o “hacer”? No cabe duda que algunos ideales operan como una guía, sin embargo, durante la crianza a veces se hace difícil el reconocimiento de cuáles son sus límites. Es entonces muy importante abrir la reflexión de cómo y cuándo un ideal se vuelve un imposible de cumplir. De entrada, pocas veces se admite cómo el niño ideal no equivale al niño real. ¿Son las prácticas clínicas responsables de garantizar el cumplimiento de una falacia?

Si se considera a profundidad el tema, el nacimiento de un niño nunca corresponde a la idea exacta de lo que se espera. A propósito de ello, la psicoanalista francesa Maud Mannoni se cuestiona lo que significa un niño para una madre respondiendo la pregunta de ¿qué es, para la madre, el nacimiento de un niño? Mannoni dice:

[...] es, ante todo, la revancha o el repaso de su propia infancia [...] Este niño soñado tiene por misión restablecer, reparar aquello que en la historia de la madre fue juzgado deficiente, sufrido como carencia, o prolongar aquello a lo que ella debió renunciar. [1. Mannoni, M. (1964). El niño retardado y su madre. Buenos Aires: Editorial Paidós (2001),  p. 22.]

En estas palabras se toma en consideración que la lógica o el terreno en que se juegan estos sueños y deseos es siempre la lógica de lo inconsciente. Es decir, no se trata de un esquema concertado de ideas que manejamos claramente de modo consciente y con razonamientos mecanizados. Es evidente que lo inconsciente cuenta en tanto se trata de un enigma. Darle cabida y reconocimiento a cómo lo infantil, lo parcial, lo que a modo de “falta” habita en cada padre o madre abre posibilidades de reflexión muy pertinentes. Una de las vías de trabajo es considerar qué se le demanda al hijo y cuántas veces ello puede estar atado a algo de la propia historia parental inclusive a modo de un imposible de cumplir.

Aun cuando se trata de aquello difícil entender, lo inconsciente trastoca el profundo terreno de los afectos. En los afectos cuentan los vínculos. Las ineludibles huellas infantiles que se presumen como olvidadas aparecen casi siempre como afectos incomprensibles. Y lo incomprensible da cuenta de esa estela mítica de lo que no fue, o se cree que fue de x o y manera y que moviliza a cada sujeto a modo particular. Por ejemplo, cuando una mujer se confronta con su deseo de hijo, lo imagina, lo sueña y desea más allá de lo que conscientemente comprende. Dichos deseos se entretejen entre lo que para cada cual ocurrió y lo que pudo ser. Allí, en ese complejo entramado afectivo, se movilizan los ideales, lo que se presume como la medida de ciertas posibilidades, pensadas más o menos, y que guían las elecciones de la madre, así como también, están las del padre, quien posee su propia historia y prehistoria, es decir, quien también fue un niño.

Como vemos, el panorama se complejiza en tanto no se trata de un común acuerdo claramente establecido. A veces, se pacta, se conjugan ideales y sueños que permiten que el triángulo entre padre, madre e hijo tenga espacio para que el propio niño se constituya de los trazos ofrecidos por el Otro. Otras veces, el silencio sella el pacto con consecuencias múltiples y variadas que, si se permite el espacio, en la clínica pueden ser escuchadas. Además, es importante aclarar que lo que nombramos como deseos inconscientes no son objeto de la evidencia empírica cuantificable en tanto se conjugan en la historia de cada cual articulada en lo que le precede, y aunque ciertamente movilizan las búsquedas y paralizaciones de los sujetos humanos, no existe ninguna medida estadística que evidencie su congelamiento en el espectro de lo objetivable.

En la cotidianidad se constata un saber, y no es un secreto: el sueño del niño imaginado no corresponde tal cual al niño real con el que padres y madres entran en un encuentro y un lazo. Esto plantea muchas veces una decepción inicial para los padres. En algunos, excede lo esperado, en muchos otros, se vive como carencia. La forma en cómo esa no correspondencia entre lo ideal y lo real se tome en consideración dejará sus huellas en el rumbo de la relación con el hijo. Si el niño imaginado tiene por “misión” reparar algo en la fantasía parental, entonces muchas veces lo que hace síntoma en un niño, sus quejas, sus molestias y malestares se construyen como “reparadores de sueños”. Esto aparece como una contradicción y, efectivamente, lo es.

Por ejemplo, una de las enseñanzas legadas por el psicoanalista francés Jacques Lacan [2.  Lacan, J. (1969). Dos notas sobre el niño. Intervenciones y Textos 2. Buenos Aires: Ediciones Manantial SRL. (2001),  p. 55-57.] indica que el síntoma que produce el niño y que parece que le pertenece exclusivamente a él puede corresponder a lo que hay de sintomático en la estructura parental. Esta puntuación se retoma al elaborar en torno a la función que tiene el síntoma en el niño. El campo de la clínica psicoanalítica parte de la idea de que un síntoma representa algo que no puede ser “dicho” o expresado de otro modo. A veces las ocurrencias sintomáticas del niño cumplen la función de recordatorio. Esto que se nombra como función puede resultar enigmático, irracional, incomprensible tanto para el niño como para sus padres. En efecto, en ocasiones los síntomas que presentan los niños correlacionan con algo que ocurre a nivel de la pareja parental, pero no siempre ocurre así y, muchas veces requiere de diversas elaboraciones y reelaboraciones para que esto se haga “evidente”. ¿Evidente para quién?

El niño es un sujeto con sus propias tribulaciones, ciertamente lo que le aqueja está vinculado al modo en que los otros que le preceden cuentan, sin embargo, cabe recordar que el modo en que lo sufre es absolutamente particular. Precisamente es por ello que la clínica analítica considera abrirle un espacio al niño para desplegar sus inhibiciones, sus síntomas y sus angustias. En ocasiones, eso que aparece como “fobia” (a la oscuridad, a quedarse solo, a separarse, a enlazar con otros) da cuenta de algo que no puede ser tramitado sino es evitando ciertas circunstancias. Más que quitar la fobia, el psicoanalista se propone escuchar qué quiere decir para el universo afectivo del niño o niña que la padece, es decir, ¿para qué le sirve? ¿De qué le protege? Finalmente, dentro de una clínica psicoanalítica es central tomar en consideración cómo se teje el universo de deseos y palabras que constituyen la tela afectiva con la que cada niño llega. Este universo es discursivo y también es afectivo. Sigmund Freud legó un método para la escucha de eso que se dice a veces escondido, disfrazado, que aparece como la palabra torpe, la equivocación, la negación, la contradicción y que repite y se actúa. Pero al final, es el propio niño quien des-cubre de qué se trata eso que le aqueja, es quien hará el trabajo e irá desanudando, repitiendo y reelaborando para encontrar algo de lo propio.

Del lado de los padres sorprende cómo una palabra no dicha, el reconocimiento de las exigencias a las que imaginariamente se sostiene la idea del hijo, la caída de ciertas premisas absurdas que buscan reparar al niño que nunca fue, o que cada cual quiso ser, la movilización de una idea absoluta vuelta pregunta, a veces, desanuda algo de lo que entrama el tejido del padecer de cada cual. La confianza que los padres depositan en el espacio que su hijo o hija va a construir en la clínica es condición de posibilidad de comenzar a permitir esos movimientos afectivos. En el trabajo analítico se puede constatar una y otra vez cómo el que se le permita elaborar sus enigmas cuenta para el pequeño de manera invaluable.

A veces los padres, los maestros y otras figuras en lo social y de la familia se confunden entre sus sentimientos de culpa, deseos inconfesados y sensación de desesperación ante la incongruencia que les causa el padecer de sus niños. Es común escucharles decir: “Quiero que sea feliz”. Es peligroso equiparar la felicidad con la ausencia de malestar. Vivimos tiempos en que los discursos ofertados por el mercado de la ciencia empujan a creer que es posible erradicar el malestar que implica existir. ¿Cómo puede erradicarse algo que es tan humano?

Lo humano se teje en un entramado de vivencias. Una vía de posibilidades está atada a las palabras, a sus fijaciones, a sus huellas y a sus malentendidos. Algo de esto puede ser escuchado sin automáticamente responder con el ideal médico-paternalista de “curar” y “reparar” en lo inmediato. Dicho entramado, que llega como queja, más bien busca decir algo y es central escucharse sin juzgar. La competencia del “buen” padre o madre es también un ideal y cada clínico tiene la responsabilidad de reconocer desde dónde y cómo ha forjado el propio, el suyo, para que éste no interfiera en lo que escucha en otros.

No perdamos de perspectiva que todos y todas fuimos hijos de alguien también. Sin embargo, asumir la función parental pretende algo más que quedarse en ese lugar del hijo-objeto al cuidado del Otro; para asumir esto se requiere primero de una reflexión acerca de la posición que ocupa lo infantil [3. Vale aclarar que la referencia al concepto de “lo infantil” la tomo de las elaboraciones freudianas y lacanianas en tanto aluden a lo parcial, a lo que por estructura no puede constituir una unidad total; es la lógica de la incompletud, de la falta y que a su vez propicia, gracias a su malestar, el deseo.] en cada cual. En la clínica de nuestros tiempos se “confiesa” con frecuencia: “Trato de darle a mi hijo lo que no tuve”. Vale la pena cuestionar esta idea con una pregunta: ¿Será eso posible? ¿Qué es lo que cada padre imagina que no tuvo? ¿Qué ocurre cuando se “da” lo que se cree que no se tuvo y el hijo no parece desearlo? Parece crucial reflexionar al respecto. Precisamente “eso” que no se “tuvo” es lo que muchas veces abre camino al deseo, a las búsquedas que se proponen en el camino de la vida.

Finalmente, los padres no se reducen a figuras biológicas que transmiten su herencia genética; éstos cuentan como figuras significativas en la crianza dado que transmiten lo más humano de nuestro devenir, el lenguaje, la cultura. Pero cada cual posee lo suyo, lo que comprende y lo que no, y los hijos son, inclusive antes de nacer, pensados e imaginados como el niño por-venir. Vale preguntar, ¿cómo esto cuenta como lugar ofertado? ¿Cómo se vincula a sus expectativas en la vida y en su propia manera de historiarse? Sin embargo, la respuesta a esta reflexión nunca puede ser respondida sino por cada niño o niña particular y en su modo de intentar simbolizarlo. Esa es la función y el reto principal de una clínica psicoanalítica que trabaja con los más pequeños, abrir el espacio para permitirles tanto a ellos como a sus padres elaborar lo propio de su enigmático y paradójico deseo inconsciente.

Entonces, la pregunta que se ha planteado como título solo puede contestarse en el devenir de los intercambios con el Otro, es decir, no tiene una respuesta configurada en “éste es mi niño real” y “éste es mi niño imaginado”. Lo que sí puede contar es la pregunta en sí misma, la interrogante en su valor de reflexión en tanto abre la posibilidad de no plantear una certeza que sella lo que a cada cual le compete. El valor epistémico de una pregunta es más que evidente, es condición de posibilidad de las búsquedas del saber. Esto no solo cuenta para la ciencia, sino que también cuenta para el trabajo clínico en el reconocimiento de la particularidad y cuenta para cada sujeto sufriente, atribulado por su cuerpo, por el mundo que le rodea y por sus propios impases en las relaciones con los demás. Resumiendo, la propuesta clínico-analítica propone el vehículo de lo que puede simbolizarse para cuestionar lo imaginario y confrontarnos con lo real. Recordemos como dice la canción que: “No hay peor nostalgia que añorar lo que nunca jamás sucedió.” (J. Sabina). El espacio de la clínica psicoanalítica sitúa su escucha en eso.

  1. La importancia de decirle “no” al niño: orientación básica a los padres
  2. La transición de los hijos hacia la edad adulta: orientación básica a los padres
  3. La importancia de que el niño duerma en su propia habitación: orientación básica a los padres
  4. Sigmund Freud y el psicoanálisis
  5. A manera de reflexión